Thursday, August 12, 2010

Complejo de Penélope

(Primer intento)

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Pasó así: uno trata de encontrar su lugar en el orden del mundo y el mundo se encarga de que uno no lo encuentre. La vida se desarrolla en el trayecto de un punto al otro. Que es difícil, dicen unos. Otros ni siquiera se detienen a pensar en las leyes de la probabilidad. Yo soy de esas. Pararse a mitad del camino cuando se lleva prisa siempre me ha parecido una pérdida de tiempo. A menos, claro está, de que nos entre una piedra al zapato. Entonces más que un lujo detenerse es necesario para no dejar que la piedra nos deje un pozo en el pie.

A ver, Adelaida, más despacio. Hay que empezar por el principio (si lo hay) y dejarnos de metáforas y cosas.


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(Segundo intento)



Mi primer oficio fue el de escriba. Y la primera vez que Uppsala me vino a los ojos fue al transcribir una página de un Pequeño Larousse Ilustrado en la enorme Olivetti gris de mi papá. Quince años después supe que en ese lugar guardaban el Codex Argentus, la biblia de Wulfilas. El destino era una cosa amorfa y omnipresente, como un secreto a voces.


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(Tercer intento)


Pasó así: cuando el primer día de clases en la Folkuniversitetet me preguntaron por mis planes dije que lo mío era estudiar. Que estudiar qué. Pues lo que fuera menos literatura, obviamente, porque después de pasar cuatro años hirviendo en el interés más devoto por aquello que es lo mío y de no encontrar más que muros de concreto hiriéndome la frente, hubiese sido una estupidez siquiera considerarlo. Cuando el segundo día (y el tercero y el cuarto y el quinto) vinieron las discusiones coloradas con mis compañeros musulmanes, católicos romanos ortodoxos y judíos supe que mi verdadera vocación era la de hacerles la vida difícil. Y que para eso también se necesita un grado universitario.

Un tiempo después, mientras veía un documental de Michael Wood, por poco me da una parálisis facial de pura envidia al leer el título de un entrevistado: CULTURAL ANTHROPOLOGIST, con mayúsculas y en negritas, tintineándome en los ojos y sonándome a coros y trompetas.

Pasó así: que desde ese día no quise volverme otra cosa que aquello y que el tiempo se sentó a descansar, precisamente, para que yo pudiera sacarme una bota y curarme la herida que la piedra de aquellos años en la UANL me dejó en un pie.

Cada lectura, cada tarea, cada ensayo, cada poema, cada paso en la nieve o la lluvia o el polvo de mi casa a la escuela o de regreso no fue sino una cosa con su propio fin: ser aceptada en la única universidad sueca en la que se imparte formalmente Antropología cultural. Y hacerlo antes de tener nuevas arrugas en los párpados.

La consejera vocacional de la Folkuniversitetet tenía sus reservas. Que era muy difícil

a) porque tendría que cursar Sueco para inmigrantes C y D,
b) Sueco como segunda lengua G, A y B,
c) porque tendría que suceder que el departamento de estudios superiores revalidara a tiempo mis calificaciones de la preparatoria en México,
d) y luego ponerme revalidar por medio de exámenes o cursos independientes inglés porque, viniendo de Latinoamérica, la calificación aprobatoria de la materia a nivel bachillerato es inválida en Suecia (donde se llevan mínimo siete años del idioma, desde el jardín de niños),
e) porque aún y aunque todo sucediera, aún tendría que llevar y aprobar Historia A y Samhällskunskap A, todo en sueco y aparte, para cubrir los requerimentos básicos del área de Humanidades a nivel superior,
f) y luego tener la fortuna de que los demás aspirantes tuvieran peores calificaciones que yo, porque las leyes de admisión habían cambiado por primera vez en muchos años y ahora los inmigrantes eran un grupo relegado a tercero en orden de prioridad.

Claro que pensé algo así como “y a mí qué me importa, o sea, NADA es lo suficientemente grande, pesado o difícil para esta desgraciada cuando se ha propuesto algo”. En poco menos de año y medio cursé todo lo que tenía que cursar, obtuve las calificaciones más altas posibles en el sistema sueco de evaluaciones. Y lo hice tronando los dedos, dándome aire suficiente para además escribir y ganar dos premios pensando que de algo podrían servirme en algún futuro imaginario.

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(Cuarto intento, vuelta al pasado inmediato)



Llegó el verano. Dejé Göteborg. Viktor había sido aceptado en la Academia Escandinava de Aviación y en octubre se mudaría a San Diego para estrenarse como piloto. Para mí las cosas parecían ir apilándose en arena movediza. Si no lograba ser aceptada en Uppsala (y eso ya no dependía de mí, sino de la suerte y la burocracia) tendría que permanecer sola en una ciudad extraña trabajando de lo que fuese o seguir al novio a San Diego y dedicarme a ser mexicana ilegal en suelo norteamericano o volver a México y hacerme la incapacitada o conseguir uno de esos trabajos (que deberían ser ilegales debido al grado de explotación de los empleados) en un call center. Qué miedo tan negro. Y como esas tres opciones no eran opciones según mis estándares no me quedaba más que prender velas, bailarle al dios que quisiera verme, cruzar los dedos, hablar en lenguas y esperar el resultado de la admisión preeliminar en Uppsala.

Fue a mitad de julio. Esa mañana desperté con una sed anormal y al entrar en la cocina, vi sobre la mesa el periódico, con un encabezado que decía “Nu har röttmånaden börjat” (literalmente “Ha comenzado el mes podrido”)*. Y había comenzado de verdad. Tomé un vaso de agua y 100mcg de levotiroxina y todavía con ojos pegados abrí mi perfil en studera.nu. Las moscas guardaron silencio. En el cuadro minúsculo del Antagningsbesked 1 decía “RES 02” donde debía decir “ANTAGEN”. Había sido puesta en la reserva de solicitantes (después de todo, era inmigrante) y no podría ser aceptada a menos que dos afortunados decidieran darle el no a una carrera digna de documental.




Faltaba un mes para la admisión definitiva. Ya pensar en prender velas, hablar en lenguas y demás extravagancias no ofrecía la más mínima calma para mis nervios deshechos. A veces hablaba con mamá por teléfono y me decía “tú relájate, después de todo, lo peor que puede pasar es que regreses a México”. Y se ponía a hablar de balaceras, matanzas y secuestros como si estuviese platicando la telenovela de la noche anterior.

Yo me desesperaba. Había empezado a hincharme como una uva y las piernas me dolían todo el tiempo. No me gustaba salir a la calle. Una mañana desperté sintiéndome treinta años más vieja y me puse a correr en círculos alrededor de la sala. Hice quinientas abdominales, me paré de manos cincuenta veces… Y así por varios días, hasta que decidí comprarme unos tenis porque necesitaba salir a correr. Así es. Adelaida, la persona más sedentaria en este polo, la que siempre lloriqueaba cuando al visitar a Oscar (Carlquist) éste proponía sacar a pasear al perro. Llegaron mis tenis y salí a correr como loquita, por el bosque, sólo para sentirme exhausta y poder dormir, porque el insomnio estaba pintándome banderas negras alrededor de los ojos.

Corría a cualquier hora. A veces a mitad de la noche, dos o tres de la mañana o al despertar definitivamente (porque al dormir despertaba cada veinte minutos para revisar si la admisión final había llegado a mi bandeja de entrada). Qué horrible. Luego el verano se volvió más sueco y empezó a llover todos los días. La mamá de Viktor me enseñó a tejer con ganchillo. Ese mismo día me hice una bolsa y pasé toda la noche tejiendo florecitas (¿?) mientras la lluvia preñaba las moras que crecen a ambos lados del camino.

Tejer, tejer, tejer hasta que algo tronaba en mis muñecas y mis córneas perdían el enfoque automático. Tejer lo que fuera, destejer, tejer lo destejido. Viktor despertaba a las 6, se lavaba los dientes, se recogía el cabello y venía a despedirse a la recámara diciendo “mi pobrecita… ese sueño malvado seguro se perdió otra vez”. Luego se iba al trabajo. Yo seguía tejiendo hasta caer dormida, con el cuarto y la cabeza ya traspasados de luz.

Un día de esos en que abría los ojos cada veinte minutos revisé el correo y estaba ahí: Antagningsbesked 2: ANTAGEN. Así nada más. ANTAGEN. Estaba dentro. Tardé varios minutos en comprenderlo totalmente. ESTABA DENTRO.


Por un momento pensé “ah, está hecho, ahora podré dormir otra vez”. ES-TÚ-PI-DA. Un nuevo costal de incógnitas acababa de romperse en mi cabeza. Dinero para comer, un lugar en Uppsala para vivir… Y todo teniendo que resolverse en menos de un mes, porque la escuela empezaría la primera semana de septiembre.

Seguí tejiendo. Los primeros metros tejidos se convertirían en sweáteres para libros y libretas. Una tarde recibí un mensaje de doña Roxana (Gaytán) en demanda de novedades para actualizar todos los sitios. En una de mis carreras nocturnas había recordado que en diciembre se cumplirán diez años de mi primera publicación formal y que tal vez sería adecuado usarlo como excusa para preparar antologías y ediciones de autor. No tenía que preocuparme por los materiales. Tenía un montón de tejidos y flores regados por todo el departamento.

Pasaron los días. El cumpleaños de Viktor fue de carne y pastel de zanahoria. Vino a visitarnos Jakob, su amigo de Estocolmo. Oscar me llamó y lo puse al tanto de mis nuevas preocupaciones. “Ah, no te apures, todo se soluciona, yo tengo amigos en Uppsala, mañana haré unas cuantas llamadas y enviaré algunos correos”. Yo le di las gracias y seguí tejiendo.



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(Quinto intento, aproximación al presente)



La mamá de Viktor es una mujer muy divertida. En navidad hace un jamón que en lugar de jamón parece un bebé maltratado. A veces bromeo con Viktor diciéndole “¿Quién te hizo tan guapo? Seguramente no fue tu madre, porque si ella hubiese metido mano parecerías uno de esos pobres jamones que acuesta en la mesa cada 24 de diciembre”. Él se carcajea. Ambos sabemos que su madre desconfía de mis perfectamente proporcionales pasteles horneados con sustituto de azúcar.

Hoy a mediodía, mientras atacaba un plato de pasta en salsa de queso verde con un tenedor muy poco afortunado, Monica (la mamá de Viktor) me dijo: “yo creo que no debes preocuparte, en el peor de los casos podrías vivir en el remolque de Mike (su hijo mayor) en algún lugar cerca del campus.” Estaba resuelto. Viktor llegó del trabajo oliendo a mi papá, o sea, a arena grava y hombre que trabaja, y le conté la sugerencia. “Sí, eso lo arreglaría todo… si fuera posible vivir sin digerir lo que comes o sin bañarte”.

Sigo tejiendo. De pronto la noche se ha puesto buena para salir a perderse en el bosque. En el balcón se ve el cielo girar como un panorámico encendido tras las coníferas.



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(Intento final, conclusión)



Mi sitio en el orden del mundo está exactamente a 338 km y veintiséis días.

Sigo tejiendo.


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*Se refería a que en julio la reproducción de bacterias debida al calor y la humedad se maximiza, haciendo que la comida se pudra más rápido.

Monday, January 18, 2010

Crushing the dwarf of ignorance (letra)


[Duermes y tu sueño oscilatorio es un presagio.]


En el otro lado del desierto de tus hombros,
traspasando arcos
___________________________________y cactáceas
______________________________y ataúdes,
en el hemisferio tornasol de la recámara
es la oscuridad quien retrocede a la espesura


_______:lleva una corona planetaria, un armamento,
_______hordas descarnadas entre cámaras de sílex,
_______ora en un dialecto de animal y tergiversa

_______los destinos como algún heraldo enfurecido


afilando anzuelos que te observan en silencio
desde el centro norte de esta orilla descompuesta
donde son naufragios de carbón tus cristalinos.



(en RAM - Lightbringer - 01 - Crushing the dwarf of ignorance: AFM Records, 2009)

Prelude to death (letra)




Ya la destrucción de las aristas recomienza


:música inaudible de un engrane que se ajusta
a tu paso breve y cazador
____________________________como de lobo,
marca desde el páramo la noche y en sus manos


todo vuelve a ser desde la muerte y las raíces.


Quiebra una tocata su metrónomo, renuncia
para que el momento de su cuerpo se disipe,
nos aguarde en esa habitación donde maduran
signos y esqueletos
___________________que dirán sobre nosotros
cuando se descuelgue de su propio movimiento
el minueto elíptico del sol en la pendiente.



(en RAM - Lightbringer - 10 - Prelude to death: AFM Records, 2009)

Thursday, April 30, 2009

Feliz cumpleaños


Cuando hacíamos las compras para celebrar el año nuevo Viktor puso en la cesta una botella de Moët & Chandon. Entre deshuesar un pavo de seis kilos y exhibir un maquillaje perfecto no hubo tiempo de pensar en nada más. La primera semana de enero noté que la botella seguía ahí, dándole clase a un refrigerador donde las papas crecen brazos. No encontraba excusa pertinente para abrirla, uno de esos motivos que incitan a la celebración y eso me provocaba una tristeza extraña porque de alguna forma, todos los días eran el mismo.

Viktor parecía incómodo con la presencia de la botella entre los botes de leche y llegó a preguntarme que si no la quería. Le dije que sí y aún con cierta vergüenza le confesé que esperaba algún suceso especial porque después de todo era sólo en esas situaciones que la gente común como nosotros puede darse el lujo de beber champagne. -Podríamos abrirla por ejemplo en mi cumpleaños, le dije pero la idea de vivir cuatro meses completos sin un solo motivo para celebrar me hundió los ojos.

De enero a abril la botella le dio la vuelta al refri. Pasó de estar entre los botes de leche a vivir en el cajón de las salchichas, entre los vegetales y las sobras de los fines de semana. No cabía ya en ninguna parte y Viktor y yo lo notábamos pero no hablábamos de eso; la botella se había vuelto la metáfora de las cosas que debían suceder y claro, no sucedían.

A mediados del último mes ya ni le prestábamos atención. Se estaba cumpliendo el hado y habían transcurrido casi cuatro meses desde que llegó al departamento. Mi cumpleaños venía a limpiar bajo los sillones de la sala y aunque el hecho de hacerse vieja no debería festejarse la gente se regocija, quizá porque le trae a uno ese motivo necesario para no volverse loco de tristeza.

El fin de semana del 24 al 26 de abril coincidió con el inicio de mi período y sus vicisitudes. Sin ganas de salir de casa y exhausta por la semana escolar, trabajé la última parte de un nuevo libro desde el amanecer hasta el amanecer. El domingo en la noche esperaba a Gerardo Morales, mi ex compañero de la Facultad y mi lector favorito, para mostrarle mi trabajo de días anteriores pero nunca llegó. En su lugar, hablaba con Pedro de Isla y con Román Cortázar cuando llegó otro autor y compañero de viaje: en 2002 ganamos "La juventud y la Mar", él por Baja California Sur y yo por Nuevo León. Siempre está dispuesto a leer mi mugrerito; pasamos la noche en videoconferencia leyendo en voz alta y discutiendo sobre qué nos habían hecho los años. Al dar las siete de la mañana aquí comencé a prepararme para ir a la escuela.

Era temprano y quise caminar (como durante las últimas dos semanas) de Brunnsparken a Järntorget vía Rosenlund, por los muelles. Había querido permanecer lejos del agua, porque en días anteriores había sentido que algo quería jalarme al fondo y me asustó; nunca, en todos los años que tengo de conocerme, había sentido en los pies un solo impulso suicida (al contrario, siempre los tuve por poses, síntoma invariable de la personalidad cliché) pero me gustaba el agua, quería verla y olerla aunque quisiera tragarme. Ese día, el 28, llegué a casa después de la escuela y dormí hasta las siete de la tarde. Aún con los párpados pegados abrí la laptop que dormitaba debajo de la cama y al revisar el correo, me encontré con que la Fundación Gloria Fuertes le había otorgado el Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven a mi Mecánica del fuego. No lo procesé. La luz del display me calaba en el cerebro y confundía lo que leía con la música metal que Viktor tenía en el estudio. Me levanté como pude y lo llamé para que leyera lo que yo no veía y cuando por fin entendí lo que significaba, una sola cosa parecía ya importante: la odiosa botella de Moët & Chandon iba a morir antes de mi cumpleaños, después de todo.

Hoy es 30, día de la muerte de Adolfo Hitler y del nacimiento de Carl XVI Gustav, rey de Suecia. Es el segundo Sabbath del año, el Beltán, que aquí se llama Valborgs, vocablo del que desciende por mera adaptación fonética nuestro Walpurgis. La ciudad entera se levantará en llamas al anochecer como es tradición desde la Edad del Bronce. Oscar Carlquist y yo iremos al bosque a hacer las paces con la tierra: celebraremos que Lightbringer tiene record deal con AFM Records y que Mecánica del fuego ya no morirá aplastado por la muchedumbre que habita en los Documentos de Adelaida.

Sigo exhausta, pero el retrato de Swedenborg ya no se ríe de mí: leo aprobación en la mirada de Humboldt.

Feliz cumpleaños.

[Moët para todos, salud.]

Thursday, August 9, 2007

Cum daemones canunt nox clauditur

a José Pulido



I
Yo lo miraba a la sombra de las pupilas dilatadas,
los hombros rectos y la cabeza erguida.
Vestido con aquella delgadez que es más desnuda
tiraba los anzuelos a mi espalda como un viejo pescador
Dije en el dialecto de las sombras [de pesadillas.
poses de letargo y de pantera.
Le amarré los ojos a la noche —la penumbra húmeda, dormida
que nos vuelve elásticos los cuerpos—.
Y todas las voces aguardaban.
Y todas las horas aguardaban.
Un halo celeste rompe ahora la pupila negra, dilatada.
Él tira como cuentas las plegarias sobre el mármol
y sus viejos ángeles le besan las heridas. [de la catedral
Huyen. A su lado se desvisten.
Gritan. En sus dientes se sacuden los dorados polvos
[y los siglos.
60 II
Una tarde gris le emprendió el vuelo.
Las cortinas rojas del balcón fueron abiertas.
Un hombre y una mujer caminan bajo los arcos castaños
Él se mira al espejo. [de la frente materna.
Descubre en su rostro otro rostro que reconstruye en
[recuerdos de alguna infancia que no recuerda.


III
Cuando los demonios cantan, la noche se cierra.


IV
En la soledad de la recámara
un aire extraño enreda en mis cabellos sus doce alas.
Las tinieblas lentas nos amarran los designios.
Las pupilas hondas, dilatadas.
No más voces líquidas que suden
lágrimas de tierra, marcos de ventana.
Luna de ciudad entre la hierba —digo y el secreto
llueve a cántaros sobre la madera adormecida—.
¿Qué hay tras el cristal de su cintura?
Pez de pez, de luz, el niño nada
61en el laberíntico espesor de mi laguna.
Un rumor nocturno son las hojas que se irisan.


V
Dije en el dialecto de las sombras poses de letargo
ojos de cisterna profundísima. [y de pantera,


VI
Mira la ciudad por el balcón; sucia,
desigual enredadera.
Cómo caen sus velos de viudez y telaraña.
Era aquél el tiempo en que sus dedos lo sabían.


VII
La madrugada dormida entre barandales negros
soñaba con sierpes como un nido de manchas
—bajo sus huesos, se despereza el áspid de mi espina:
ondula, danza místico, se busca
en una forma pálida que enmarquen las mareas—.
Pero en la oscuridad del lecho ajeno
se desvanece el viejo pescador de pesadillas.
62Cae tras el estruendo de un espasmo,
retumba su respiración titánica en la boca azul de Nyx.
Rompen en sollozos las plazuelas
y se vuelven púrpuras las manos de los célibes
si besan la sangre a esa hora desteñida.


VIII
No más voces líquidas. La calle se desdobla en pasos.
Una vértebra lumbar de la memoria rompe en desazón.
Las incisiones, diminutas bocas que lo nombran.


IX
Las cortinas rojas se levantan como faldas.
Luego del umbral se desvanece
esa sombra suya entre la sombra.

A larga distancia

Hagamos esta mañana blanca de horas rotas
como que él duerme aún ese sueño cansado de ojos grandes como barcas.

Medias lunas negras los párpados.

Porque en la marcha obtusa de los días que me faltan
nada más me agita la canción de los minutos.

Dedos tintazul acariciándome los ojos.

Hagamos de cuenta que ya no tarda en abrirme la noche larga
y bebamos un poco de agua mientras nos arden
esos tiempos blancos de jugar a adivinarle

la postura exacta en que nos habla desde lejos.

Penumbra

A veces era un tálamo siniestro,
la luna pavorosa, el terraplén
donde las manos nos sudaban de repente
al brincar al otro lado,
el musgo crecido sobre el hormigón de la baranda,
las espinas del limonero en los brazos
o a veces sólo el rostro que hizo el viento
al ondear la hierba en ambos lados del camino.

Él estaba en todas partes, como el polvo.

Las cosas emigraron con el tiempo,
esa herida del tapiz,
una mancha de madera en la pared
y el espejo roto de vergüenza.

Debí entonces aprender que para no perdernos
hay que abrazarnos al cuerpo de los que no están.