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A ver, Adelaida, más despacio. Hay que empezar por el principio (si lo hay) y dejarnos de metáforas y cosas.
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(Tercer intento)
Un tiempo después, mientras veía un documental de Michael Wood, por poco me da una parálisis facial de pura envidia al leer el título de un entrevistado: CULTURAL ANTHROPOLOGIST, con mayúsculas y en negritas, tintineándome en los ojos y sonándome a coros y trompetas.
Pasó así: que desde ese día no quise volverme otra cosa que aquello y que el tiempo se sentó a descansar, precisamente, para que yo pudiera sacarme una bota y curarme la herida que la piedra de aquellos años en la UANL me dejó en un pie.
Cada lectura, cada tarea, cada ensayo, cada poema, cada paso en la nieve o la lluvia o el polvo de mi casa a la escuela o de regreso no fue sino una cosa con su propio fin: ser aceptada en la única universidad sueca en la que se imparte formalmente Antropología cultural. Y hacerlo antes de tener nuevas arrugas en los párpados.
La consejera vocacional de la Folkuniversitetet tenía sus reservas. Que era muy difícil
a) porque tendría que cursar Sueco para inmigrantes C y D,
b) Sueco como segunda lengua G, A y B,
c) porque tendría que suceder que el departamento de estudios superiores revalidara a tiempo mis calificaciones de la preparatoria en México,
d) y luego ponerme revalidar por medio de exámenes o cursos independientes inglés porque, viniendo de Latinoamérica, la calificación aprobatoria de la materia a nivel bachillerato es inválida en Suecia (donde se llevan mínimo siete años del idioma, desde el jardín de niños),
e) porque aún y aunque todo sucediera, aún tendría que llevar y aprobar Historia A y Samhällskunskap A, todo en sueco y aparte, para cubrir los requerimentos básicos del área de Humanidades a nivel superior,
f) y luego tener la fortuna de que los demás aspirantes tuvieran peores calificaciones que yo, porque las leyes de admisión habían cambiado por primera vez en muchos años y ahora los inmigrantes eran un grupo relegado a tercero en orden de prioridad.
Claro que pensé algo así como “y a mí qué me importa, o sea, NADA es lo suficientemente grande, pesado o difícil para esta desgraciada cuando se ha propuesto algo”. En poco menos de año y medio cursé todo lo que tenía que cursar, obtuve las calificaciones más altas posibles en el sistema sueco de evaluaciones. Y lo hice tronando los dedos, dándome aire suficiente para además escribir y ganar dos premios pensando que de algo podrían servirme en algún futuro imaginario.
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(Cuarto intento, vuelta al pasado inmediato)

Faltaba un mes para la admisión definitiva. Ya pensar en prender velas, hablar en lenguas y demás extravagancias no ofrecía la más mínima calma para mis nervios deshechos. A veces hablaba con mamá por teléfono y me decía “tú relájate, después de todo, lo peor que puede pasar es que regreses a México”. Y se ponía a hablar de balaceras, matanzas y secuestros como si estuviese platicando la telenovela de la noche anterior.
Yo me desesperaba. Había empezado a hincharme como una uva y las piernas me dolían todo el tiempo. No me gustaba salir a la calle. Una mañana desperté sintiéndome treinta años más vieja y me puse a correr en círculos alrededor de la sala. Hice quinientas abdominales, me paré de manos cincuenta veces… Y así por varios días, hasta que decidí comprarme unos tenis porque necesitaba salir a correr. Así es. Adelaida, la persona más sedentaria en este polo, la que siempre lloriqueaba cuando al visitar a Oscar (Carlquist) éste proponía sacar a pasear al perro. Llegaron mis tenis y salí a correr como loquita, por el bosque, sólo para sentirme exhausta y poder dormir, porque el insomnio estaba pintándome banderas negras alrededor de los ojos.
Corría a cualquier hora. A veces a mitad de la noche, dos o tres de la mañana o al despertar definitivamente (porque al dormir despertaba cada veinte minutos para revisar si la admisión final había llegado a mi bandeja de entrada). Qué horrible. Luego el verano se volvió más sueco y empezó a llover todos los días. La mamá de Viktor me enseñó a tejer con ganchillo. Ese mismo día me hice una bolsa y pasé toda la noche tejiendo florecitas (¿?) mientras la lluvia preñaba las moras que crecen a ambos lados del camino.
Tejer, tejer, tejer hasta que algo tronaba en mis muñecas y mis córneas perdían el enfoque automático. Tejer lo que fuera, destejer, tejer lo destejido. Viktor despertaba a las 6, se lavaba los dientes, se recogía el cabello y venía a despedirse a la recámara diciendo “mi pobrecita… ese sueño malvado seguro se perdió otra vez”. Luego se iba al trabajo. Yo seguía tejiendo hasta caer dormida, con el cuarto y la cabeza ya traspasados de luz.
Un día de esos en que abría los ojos cada veinte minutos revisé el correo y estaba ahí: Antagningsbesked 2: ANTAGEN. Así nada más. ANTAGEN. Estaba dentro. Tardé varios minutos en comprenderlo totalmente. ESTABA DENTRO.
Por un momento pensé “ah, está hecho, ahora podré dormir otra vez”. ES-TÚ-PI-DA. Un nuevo costal de incógnitas acababa de romperse en mi cabeza. Dinero para comer, un lugar en Uppsala para vivir… Y todo teniendo que resolverse en menos de un mes, porque la escuela empezaría la primera semana de septiembre.
Seguí tejiendo. Los primeros metros tejidos se convertirían en sweáteres para libros y libretas. Una tarde recibí un mensaje de doña Roxana (Gaytán) en demanda de novedades para actualizar todos los sitios. En una de mis carreras nocturnas había recordado que en diciembre se cumplirán diez años de mi primera publicación formal y que tal vez sería adecuado usarlo como excusa para preparar antologías y ediciones de autor. No tenía que preocuparme por los materiales. Tenía un montón de tejidos y flores regados por todo el departamento.
Pasaron los días. El cumpleaños de Viktor fue de carne y pastel de zanahoria. Vino a visitarnos Jakob, su amigo de Estocolmo. Oscar me llamó y lo puse al tanto de mis nuevas preocupaciones. “Ah, no te apures, todo se soluciona, yo tengo amigos en Uppsala, mañana haré unas cuantas llamadas y enviaré algunos correos”. Yo le di las gracias y seguí tejiendo.
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(Quinto intento, aproximación al presente)
La mamá de Viktor es una mujer muy divertida. En navidad hace un jamón que en lugar de jamón parece un bebé maltratado. A veces bromeo con Viktor diciéndole “¿Quién te hizo tan guapo? Seguramente no fue tu madre, porque si ella hubiese metido mano parecerías uno de esos pobres jamones que acuesta en la mesa cada 24 de diciembre”. Él se carcajea. Ambos sabemos que su madre desconfía de mis perfectamente proporcionales pasteles horneados con sustituto de azúcar.
Hoy a mediodía, mientras atacaba un plato de pasta en salsa de queso verde con un tenedor muy poco afortunado, Monica (la mamá de Viktor) me dijo: “yo creo que no debes preocuparte, en el peor de los casos podrías vivir en el remolque de Mike (su hijo mayor) en algún lugar cerca del campus.” Estaba resuelto. Viktor llegó del trabajo oliendo a mi papá, o sea, a arena grava y hombre que trabaja, y le conté la sugerencia. “Sí, eso lo arreglaría todo… si fuera posible vivir sin digerir lo que comes o sin bañarte”.
Sigo tejiendo. De pronto la noche se ha puesto buena para salir a perderse en el bosque. En el balcón se ve el cielo girar como un panorámico encendido tras las coníferas.
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(Intento final, conclusión)
Mi sitio en el orden del mundo está exactamente a 338 km y veintiséis días.
Sigo tejiendo.
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*Se refería a que en julio la reproducción de bacterias debida al calor y la humedad se maximiza, haciendo que la comida se pudra más rápido.

1 comments:
Pues, Mi estimada Adelaida. Espero que hayas resuelto el asunto de tu residencia, y sí, me da mucho gusto enterarme de tus ires y venires en esas lejanas tierras.
Saludos desde un México bàrbaro que a pesar de todo conserva la euforia por la vida.
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